«La política ha dejado de ser un espacio de ideas para convertirse en una suma de cálculos».
Juan Manuel Benites
En el Perú, la política se ha convertido peligrosamente en el arte de resistir. Resistir interpelaciones, resistir vacancias, resistir denuncias, resistir encuestas. Pero gobernar no es simplemente aguantar. Gobernar es conducir, transformar, convocar y tomar decisiones con visión de futuro. Y eso, lo esencial de la política, parece haberse perdido.
Desde el Ejecutivo, la sensación es que el único objetivo es llegar intactos a 2026. Como si bastara con sobrevivir al calendario para considerar que la tarea está cumplida. El Congreso, por su parte, ha caído en una lógica de obstrucción constante. Se legisla al ritmo de intereses particulares o de cálculos inmediatos, sin una mirada de conjunto. Y muchas veces, con un tono revanchista que solo profundiza la fractura social.
En ese escenario, no hay reformas estructurales en marcha ni una narrativa que convoque. La inseguridad ciudadana se agrava, las actividades ilegales se expanden en silencio y la inversión, tanto pública como privada, se paraliza. No por falta de recursos, sino por falta de decisiones y por el temor persistente a cambios de reglas.
La política ha dejado de ser un espacio de ideas para convertirse en una suma de cálculos. Los partidos no construyen proyectos, se dispersan en alianzas improvisadas, inscripciones apuradas y discursos que apelan más al enojo que a la esperanza. El debate se diluye en la coyuntura, y el tema de fondo —el país que queremos construir— parece olvidado.
Sin embargo, sí es posible gobernar con rumbo y con autoridad democrática, con una agenda que trascienda la urgencia inmediata. En otros países de la región, incluso en contextos de alta conflictividad, se han impulsado reformas en salud, educación, infraestructura, seguridad y competitividad. Pero eso requiere liderazgo, instituciones que funcionen y una visión clara del futuro.
No se trata de idealizar el pasado ni de apostar por nuevos mesías. Se trata de asumir, con realismo, que el Perú necesita un proyecto político verdadero. Un proyecto que articule lo económico con lo social y lo territorial. Que entienda que no hay crecimiento sin seguridad, ni inclusión sin inversión, ni desarrollo sin un Estado presente.
Pero no cualquier Estado. Necesitamos un Estado que funcione, que regule con eficiencia, que no se enfoque solo en castigar, sino que oriente a los ciudadanos para que puedan cumplir. Un Estado que no se convierta en bolsa de trabajo para los partidarios, o sea, un obstáculo, sino en aliado del desarrollo. Que establezca reglas claras, que defienda derechos y que impulse el crecimiento con sentido común.
El país no puede seguir atrapado entre la parálisis y la improvisación. La política sin proyecto es apenas una forma de administrar el desencanto. Necesitamos un rumbo definido y un liderazgo que convoque. La política necesita un propósito.